Treinta y cinco años entre flores y emociones

Arantxa Chazarra vive rodeada de aromas y de historias de clientes que continúan confiando en su buen gusto

Treinta y cinco años entre flores y emociones
Arantxa es una enamorada de su trabajo, que desarrolla desde los 14 años, cuando quiso cambiar los libros por las flores.

Cuando Arantxa Chazarra habla de su oficio, sus ojos se iluminan con la misma pasión con que, hace más de tres décadas, empezó a colocar claveles y gladiolos en el pequeño taller floral donde dio sus primeros pasos. “Siempre me han gustado las manualidades”, dice con una sonrisa, recordando cuando, a los catorce años, empezó a ayudar a su madre, Maria José Mira, en la floristería de la calle Teodor Llorente.

Entonces, la decoración floral era otra historia. Los centros de flores eran gigantes, exagerados, casi barrocos. Las bodas se vestían con “flocaes” y lazos ostentosos, y la decoración de las casas no escatimaba en grandeza. Pero los tiempos han cambiado y Arantxa lo ha hecho con ellos. “Siempre intentas actualizarte”, explica. Ha hecho cursos en academias italianas de prestigio internacional, ha seguido tendencias y ha aprendido a adaptarse a los nuevos gustos de una clientela cada vez más exigente.

Después de años trabajando en diferentes locales, Floristería La Barraca se ha convertido en un comercio referente de la Zona Norte de Alcoy, un punto de encuentro para aquellos que buscan un detalle especial. Frente a la estación de autobuses, durante dieciocho años, ha visto pasar a generaciones de clientes, desde aquellos que encargaban ramos para una declaración de amor hasta los que necesitaban un detalle para una despedida dolorosa.

Y es que las flores hablan, tienen un lenguaje propio. En Japón, por ejemplo, el clavel es una especie muy valorada y tiene un significado espiritual, mientras que aquí se asocia a los difuntos. Pero los gustos han evolucionado. Hoy en día, los ramos son más minimalistas, las rosas preservadas tienen cada vez más demanda y la “lengua de gato”, una planta asociada a buenas vibraciones, se ha convertido en un éxito inesperado.

Lo que más le gusta a Arantxa es trabajar con flores naturales, porque, dice, transmiten una esencia única. Disfruta especialmente de preparar ramos de novia y decoraciones para las bodas. “Es muy gratificante ayudar a las parejas, orientarlas en los pequeños detalles”, explica. Cada vez más, los novios llegan con ideas claras, a menudo inspiradas en imágenes de las redes sociales. Pero ella sabe que un buen florista tiene que ir más allá de lo que se ve en una pantalla.

Un oficio lleno de anécdotas
Treinta y cinco años en un negocio dan para muchas historias. Recuerda aquella vez que le encargaron decorar una iglesia para unas bodas de oro y, al llegar, ya estaba adornada porque la clienta no se fiaba de ella al verla tan joven. O aquel San Valentín en qué tuvo que explicarle a un hombre que su pareja había recibido un ramo… que él no había enviado. También hay momentos difíciles, como durante la pandemia, cuando tuvo que atender encargos para personas del barrio que ya no volverían. “No es agradable trabajar para funerales”, admite, pero sabe que, en muchos casos, las flores son una forma de acompañar en el luto.

La clientela es fundamental, asegura. No se ha presentado a concursos, pero el boca a boca ha sido su mejor publicidad. Además, tiene gente en prácticas, porque sabe que este oficio necesita de una nueva generación que continúe amando las flores como lo ha hecho ella, que ha visto cambiar tendencias y ha aprendido a reinventarse. Pero sobre todo ha demostrado que el arte floral es mucho más que colocar flores en un jarrón o preparar un ramo. Es emoción, detalle y pasión.